Un sábado cualquiera del mes de Junio del 2034.
Es curioso, tantos canales de televisión para elegir y ninguno que valga la pena.
Salgo al balcón y enciendo un cigarrillo liado con esmero.
Ante mí se alza la imponente Barcelona, calles y más calles en constante ebullición
de vida y entusiasmo, que se abren a una nueva noche de romances y tragedias.
Desde donde estoy, alcanzo a ver un edificio antiguo, con todas las ventanas absorbidas por la oscuridad, excepto una. En su interior, una chica joven lee
tranquilamente un libro, ajena a la atención que le presto.
A mis pies una plaza recoge a aquellos jóvenes que, terminados los exámenes finales de alguna universidad o instituto, deciden olvidar todo lo que han
aprendido a base de pequeños sorbos de la mezcla de alcohol y júbilo que llena
sus vasos.
En realidad nada de esto importa en absoluto, ni tiene ninguna importancia
en particular.
Mi cabeza está demasiado ocupada pensando en sus besos y en sus caricias, en
esa dolorosa despedida en una estación de tren, mirando desde el andén como
el amor de mi vida escapa de mis brazos, para marcharse a algún lugar sin nombre.
Mi último recuerdo es el tren avanzando, cobrando velocidad poco a poco, y su
cara anegada en lágrimas, ofreciéndome una despedida con la forma de la más
bella de las miradas.
En ese instante tuve la sensación de que el tiempo se detenía, y aún tengo esa
sensación ahora, en mi balcón y con mi cigarrillo. Tengo la sensación de que
mi reloj ha dejado de funcionar, de que todo a mi alrededor marca la hora en la
que aquel tren abandonó la estación, y con él se llevó parte de mi cuerpo, de
mis sueños y alegrías.
Me distrae el sonido estridente provocado por la sirena de un coche patrulla
corriendo a toda velocidad por la gran avenida; los jóvenes de la plaza tiran sus
bebidas al aire con un evidente mal disimulo, y cuando descubren que la cosa no va con ellos se afanan en buscar los pedazos de paraíso de los que tan
rápidamente se deshicieron segundos antes.
La chica deja su libro y se asoma a la ventana y mira lo que sucede, pero cuando ve que no hay nada interesante que observar respira hondo varias veces, para
empaparse del falso aire salubre que inunda toda la ciudad, y vuelve a enfrascarse en su interesante lectura.
Pero todo esto carece de importancia, por que hoy todo es diferente.
Los colores de los coches, de los semáforos, de la ropa de la gente que
pasea son distintos.
Su brillo ha cambiado, así como el olor de las calles y las flores de las terrazas.
Sería imposible decir en qué momento exacto pasó a tener ese nuevo aspecto,
o quizás sea yo el que esta vez no ha cambiado con el mundo.
Quizás el mundo sigue girando, creciendo y muriendo, y sea yo el que se encuentra parado en medio de toda esta vorágine de sensaciones cruzadas.
Pero supongo que no importa. Sigo vivo, sigo aquí.
Mi corazón late, la sangre corre por mis venas y, de algún modo, anuncia la
llegada de ese ancla que frena la embarcación en medio de esta tempestad.
"mañana estaré muy lejos de aquí", pienso
"no quedará nada de todo aquello por lo que llevo tanto tiempo luchando, ya no"
Mi destino es Alemania, nuevo mundo y nuevas sensaciones.
Calculo que si voy en el nuevo tren eléctrico podré plantarme allí en poco más
de una hora.
Pero, qué más da, qué prisa tengo por llegar?
Creo que cogeré el viejo interRail y disfrutaré del viaje.
A fin de cuentas, toda tragicomedia necesita un buen paisaje para poder
seguir existiendo.
domingo, 10 de julio de 2011
domingo, 26 de junio de 2011
Musas
Ante nosotros, el templo de las musas desnudas abiertas al movimiento liberal, pero su mirada desconfía y no besa a las palabras que la acompañan. Calo mi sombrero y cierro los ojos, entramos en el templo de las musas desnudas y nos dejamos llevar por esas palabras, besando esos ojos y mirando los labios que no besan con las palabras que las acompañan. El silencio se torna música de órganos y guitarras, y la voz de Morrison pone las pautas a los seductores movimientos de las musas desnudas abiertas al movimiento liberal, esa danza que las une como si fueran un gran orgasmo de placer y atrevimiento. Pero sin miradas que acompañen, poco tenemos que hacer, salvo fluctuar con la batería de Crystal Ship y seguir con nuestro camino. Buscaremos nuestras musas en otra parte.
sábado, 25 de junio de 2011
martes, 10 de mayo de 2011
Pynk Floid
Crear la combinación perfecta de todos los factores que influyen en la creación
del segundo en que se cumple la promesa del presente.
Hacer que las palabras dancen al son de las imágenes que se suceden en esta gran moviola eterna.
“Dadme un minuto, y cambiaré el mundo.”
Dejad que mi cuerpo se funda
con los sonidos de las palabras que aún no han sido pronunciadas,
Los besos apasionados en el momento en el que su presencia es inminente en forma de mirada profunda y sentida,
Con los dedos de una mano, cuya distancia de una espalda desnuda sea tan efimera y a la vez un abismo de situaciones impredecibles.
Dejadme ser el catalizador de toda esta vorágine perfecta, este milagro de la probabilidad. Y haré que nunca olvidéis este momento.
del segundo en que se cumple la promesa del presente.
Hacer que las palabras dancen al son de las imágenes que se suceden en esta gran moviola eterna.
“Dadme un minuto, y cambiaré el mundo.”
Dejad que mi cuerpo se funda
con los sonidos de las palabras que aún no han sido pronunciadas,
Los besos apasionados en el momento en el que su presencia es inminente en forma de mirada profunda y sentida,
Con los dedos de una mano, cuya distancia de una espalda desnuda sea tan efimera y a la vez un abismo de situaciones impredecibles.
Dejadme ser el catalizador de toda esta vorágine perfecta, este milagro de la probabilidad. Y haré que nunca olvidéis este momento.
jueves, 28 de abril de 2011
Un último suspiro
Un último suspiro llegado el éxtasis de la fusión humana. Un calcetín enredado en unas sábanas, perdido en las marismas de la pasión incontrolable de dos fuerzas aparentemente opuestas que luchan frente a frente derrumbando los pilares de las costumbres y las rutinas. Café, canción, Barcelona, película, deseo, alcohol, vida, amor y respeto, sinónimos todos de una noche inolvidable. La poesía se derrite y se funde con la cera de una vela que poco a poco se consume, sobre una mesa rodeada de platos y copas a medio terminar, primera parada para los amantes de las caricias y los besos.
martes, 26 de abril de 2011
Las rosas de Rupert
Las rosas silvestres que Rupert cuidaba en su balcón estaban de malhumor.
Eran las ocho de la mañana y allí nadie servía el desayuno.
Rupert sentía adoración por sus rosas, y se desvivía sirviendo a sus pequeñas diosas
de caritas sonrojadas.
Por la mañana les llevaba el desayuno: Tostadas con mermelada y
un vaso de zumo de naranja recién exprimido.
Más tarde, les limaba las espinas, les aplicaba una loción bronceadora y les
ponía la radio con su emisora preferida de jazz brasileño.
Cuando caía el sol, sacaba su guitarra y les entonaba una nana escrita por él mismo.
Pero esa mañana Rupert se retrasaba.
Las rosas se removieron inquietas,
-bueno que pasa?
-este viene o no viene?
María, la mayor de todas y la más bonita con diferencia, recordó sus tiempos
en los que decidió plantarse en el jardín de un colegio privado en el corazón de la ciudad.
El calor allí era insoportable, y nunca faltaba el típico niño tocapelotas que se
dedicaba a torturarla sin compasión arrancándole los pétalos con cruel diversión
o cortándole las espinas para ver como sufría y se lamentaba.
Con estos recuerdos en mente, y mimadas como solo un gran amante de las flores
como Rupert podía permitirles, María hizo sus maletas, y con un “a la mierda!”,
abandonó la casa, seguida de sus queridas camaradas, a la búsqueda de un nuevo
hogar donde fueran tratadas como se merecían.
¿Y Rupert? Oh sí, a Rupert le dolió aquel cruel abandono por parte de sus
queridas rosas.
Nunca pensó que su amada María pudiera traicionarle de una manera tan vil y cruel.
Empezó a beber un vaso de whisky todas las noches, de hay pasó a media
botella al día, y dos meses más tarde despertó en el hospital debido a un
coma etílico del que sobrevivió de puro milagro.
En ese momento, abrió los ojos y vio a su madre a la derecha,
sentada con la cara surcada de arrugas de preocupación por el estado de su pobre hijito.
-Te he traído esto Rupert- el alivio por volver a ver a su hijo
vivito y coleando se le escapaba con cada palabra.
Rupert miró en la dirección en la que señalaba su madre y vio un enorme
ramo de preciosas azucenas.
Desde ese momento, Rupert sabía que estaba enamorado.
jueves, 14 de abril de 2011
Extraños I
El estruendo de una bomba hace retumbar las paredes de la casa. Un fino polvo blanco cae del techo y de las paredes, los antiguos pilares de madera alzan al viento su quejido lastimero. Parece que nuestro hogar resiste sus últimas embestidas. Ya no queda nada de valor en la habitación. Lo que no está roto fue vendido hace tiempo para comer, o quemado para dar un último destello de esperanza en las noches más frías.
Cinco meses, seis días, y cada segundo nos apuñala vilmente con el recuerdo de las balas, la metralla y la falta de compasión humana.
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